IDENTIDAD CHILENA

 

 

 

Nosotros, camisas grises miembros del Frente Orden Nacional, tenemos un gran compromiso con Chile, y con todo lo que implica ser miembro de su historia y nación. Dentro de los tesoros que consideramos de mayor relevancia, y cuya defensa hoy en día encarnamos por medio de nuestro Movimiento, se encuentra nuestra Identidad Chilena. Lo que nosotros reconocemos como tal, consiste en aquel conjunto de características de nuestro pueblo, las cuales nos permiten cierta diferenciación, así como semejanza respecto de otras naciones alrededor del mundo. Con el reconocimiento de dichas características, no aspiramos a una originalidad absoluta o un afán de singularidad exagerada, ya que ni las personalidades de los miembros de una nación, ni los elementos conformadores de las culturas de éstas, son siempre originales, es más, son raros los casos de pueblos cuyas creaciones y rasgos distintivos sean radicalmente irreconocibles en otras comunidades humanas a lo largo de la historia y de todo el globo terráqueo.

 

Cuando hablamos de “identidad”, no procuramos reconocer en ella un conjunto de rasgos establecidos de una vez y para siempre, puesto que ellos conforman parte del ser de una nación, que debemos entender como una expresión de vida, que así como nace y se desarrolla, también muere. Es por esto que dichos rasgos experimentan las mismas transformaciones que el Todo del cual forman parte, es decir, la identidad no es inmutable, y en ella se pueden verificar los cambios que responden a las distintas etapas por las que transita una nación durante su existencia; desde su nacimiento, hasta su decadencia y muerte. Sin embargo, es reconocible, desde el origen, hasta la muerte de un pueblo, cierta “esencia”, una suerte de base sobre la cual se van desarrollando los rasgos de una nación. En la medida en que los cambios que sufra una identidad nacional estén en sintonía con dicha esencia “básica”, se puede hablar de una evolución de la misma y un progreso natural, dependiendo de las circunstancias en que se desarrolla una nación. En el resto de los casos, lo que se percibe es una adaptación forzada, una asimilación de características identitarias que no son la expresión de la esencia de la nación en un nivel distinto, atendidas las coyunturas en que ésta se pueda encontrar, sino que son imposiciones foráneas que por diversas razones llegan a ser lo suficientemente constantes en el tiempo para que aparenten ser naturales de la identidad nacional.

 

Buscando a lo menos esbozar, las características de nuestra identidad chilena, podemos valernos de los aportes de diversos autores, sin afirmar con esto, que respaldemos de manera absoluta la obra de aquéllos, ni mucho menos reconocer a éstos como  exponentes de nuestra cosmovisión.
A continuación, se expondrán aquellas principales fuentes de nuestra identidad chilena, desde la perspectiva de Frente Orden Nacional. Con esto, no negamos a otros factores que hayan influido en las características de parte de nuestra Nación, pero sin duda, aquellos que se describen brevemente a continuación son los que resultan predominantes y transversales a nuestra población.

 

Hay que ser justos e imparciales a la hora de indicar un origen, abandonando las pasiones personales y políticas para dar paso a un examen crítico pero lo más exacto posible.

 

 

FACTOR HISPÁNICO

 


Fundación de Santiago del Nuevo Extremo
(12 de Febrero de 1541)

 

Para identificar a nuestra identidad, es necesario remontarse al momento en que ésta comienza a gestarse, lo cual sin duda se produce en el momento en que a lo que actualmente es nuestra patria, arriban los primeros conquistadores europeos, trayendo consigo toda una nueva cultura desde una realidad muy diferente, teniendo en cuenta la situación de América previa a este evento. No necesariamente este tiempo es definido como precolombino, ya que la llegada a Chile no se produce de forma inmediata, sino que por medio de expediciones exitosas y otras fallidas.

 

En el momento de la llegada de los navegantes españoles1, el aporte cultural de éstos constituirá de manera íntegra el patrimonio identitario nuestro, ya que a partir del asentamiento y desarrollo de la expansión hispánica dentro de nuestro territorio, las identidades locales de las diversas tribus indígenas que habitaban América hasta ese momento, cederán frente al avance propiciado por los conquistadores.

 

Sea por las guerras de conquista, la mezcla de razas, o la escasa oposición cultural –a grandes rasgos, puesto que distintas etnias han logrado preservar ciertos elementos arquetípicos, los que han traspasado siglos sin mayor variación- que pudieron mantener las tribus amerindias en Chile, el factor hispánico se asentó exitosamente y se constituyó como el predominante durante los siglos de la Colonia chilena. Un nuevo idioma fue el que avanzó por toda América Hispana, y por ende, sobre Chile, logrando la unidad lingüística sobre el territorio y con los demás países vecinos. Esta unidad lingüística no es total, puesto que se mantienen algunas pocas raíces y expresiones de pueblos originarios, se crean otros vocablos nuevos, así como vicios idiomáticos pasan a ser ley.

 

Lo mismo ocurrió con la religión, que llegó a reemplazar de manera permanente a los antiguos credos de los indígenas y a consolidarse como la oficial para las familias hispanas que se instalaron en América. El reemplazo de orden religioso es variable, siendo más parecido a una síntesis que a un nuevo credo o adopción espiritual propiamente tal, aunque en los asentamientos criollos más alejados de la población autóctona se logra cultivar una espiritualidad casi idéntica a la Europea-católica, salvo unos cuantos mitos fusionados con otros anteriores (carnavales primaverales, la Fiesta de la Tirana, etc).

 

En síntesis, herramientas, armamentos, profesiones, arquitectura, ganados, cultivos, entre tantas otras nuevas contribuciones, se insertaron en lo que hoy es nuestro país, colaborando de este modo a superar las condiciones precarias y de lento progreso que se daban antes de la llegada de los europeos a Chile y a todo el resto de América. Dicho aporte cultural brindado desde Europa, se mantendrá constante desde los primeros asentamientos españoles, hasta el día de hoy. Esto no debe entenderse como una importación cultural ni intelectual totalmente foránea, ya que la entrada de elementos europeos no se produce hacia una población ajena genética ni culturalmente a la europea, sino a una con diferencias de entre un 0% y un 50% (en los casos más alejados) de los conquistadores. Muchas veces, las distancias genéticas no son producidas por la inserción de genes de otra raza, sino tan sólo por factores adaptativos.

 

Nuestra historia, así como nuestra cultura, van ligadas a otro elemento determinante dentro de nuestra identidad nacional, el cual es la raza. En efecto, estos tres elementos (cultura, historia y raza) que son inseparables, irrumpen en América en un momento dado y desde entonces se desarrollan simultáneamente. Si bien la cultura y la raza que llegaron con la conquista a toda América fue la misma (por lo menos en los dominios españoles), en algunas regiones del continente las originarias tribus lograron ofrecer mayor resistencia cultural y racial al avance proveniente del Viejo Mundo. Es el caso de Perú y Bolivia, en donde resultó más difícil para los conquistadores deshacerse de las viejas identidades desarrolladas en dichas tierras, principalmente la incaica, de los habitantes primigenios, y por ende, una mayor dificultad para que tanto la cultura como la raza aportada por España, se conservaran, si bien no íntegra, sí predominantemente. Cabe destacar que los fenotipos –manifestaciones del genotipo- mantienen diferencias notables entre mestizajes, pudiendo indicarse generalmente sin mayor problema los distintos grupos humanos en América. Chile tuvo distinta suerte, y en relativamente breve tiempo logró asimilar por lo menos en gran parte de su población y territorio habitado, la impronta hispánica.

 

 


Caracterización de la Guerra de Arauco

 

Un clima hostil para la adaptación y prosperidad de los individuos de raza negroide, que sí consiguieron un asentamiento más exitoso e incremento poblacional en las regiones septentrionales a nuestro territorio (semejante a las condiciones normales de su fuente de origen), y un progresivo deterioro de las tribus indígenas, determinaron que en Chile se conformaran dos grandes grupos raciales: el de las familias criollas y peninsulares de raza blanca mediterránea, y en menor medida nórdica, que conformaron la alta sociedad de la época colonial y decimonónica Chilena; y el de los mestizos, que fueron mayor en número que los primeros, y que conformaron lo que se suele llamar “bajo pueblo”, dedicados a labores agrícolas, ganaderas, y mineras. Cabe destacar, que si bien este último grupo originalmente fue el producto de una mezcla de razas entre el conquistador caucásico y el indígena mongoloide amerindio, no es menos cierto, que el segundo aporte racial fue progresivamente cediendo genotípica y fenotípicamente, mientras que el factor racial caucásico o europoide, se conservó e incrementó en un porcentaje considerable, por lo menos en buena parte de la población chilena, gracias a la inserción y mezcla con nuevas familias originarias de Europa a este segmento de la población. Quienes no percibieron dicho fenómeno, se conservaron como indígenas o predominantemente tales. No es de extrañar que el factor europeo haya triunfado en los distintos climas, alturas, parajes que tiene Chile: la raza blanca ha logrado adaptarse biológicamente casi totalmente a todos los climas y latitudes del planeta, y en la medida que se logra la adaptación biológica, se van desarrollando las habilidades mentales que logran sortear algunos obstáculos de tipo ambiental.
 
Este panorama se ha mantenido hasta el día de hoy, de allí que nosotros como Movimiento no defendamos “purezas”, que hoy en día son muy escasas (para no afirmar que nulas), si no que razas, que efectivamente existen, siendo para el caso de Chile, la raza blanca, caucásica o europoide, la que goza de mayor presencia y trascendencia en su obra.

 

 


Gobernador y Capitán General del Reino de Chile,
Don Pedro de Valdivia.

 

Jaime Eyzaguirre, afirma que: “cada pueblo tiene su alma propia”… “hay que hurgar en el alma nacional para descubrir su esencia, la veta de lo auténtico. La raíz de la propia e irrenunciable vocación”2.
La esencia de nuestro pueblo siempre ha sido de carácter hispánico; tal vez ésta ha sido más evidente en ciertos tiempos y menos en otros, pero en definitiva, fue aquella la que navegó desde el Viejo Mundo en el siglo XVI, que posteriormente cultivó y edificó en este suelo, que luego defendió con su sangre, para finalmente consolidar su presencia hasta el día de hoy. Parte importante de esta esencia no se conforma de un momento para otro, sino que tiene una larga data, tiempo en el cual se formarán aspectos importantes de la mentalidad e instituciones que posteriormente arribarían a lo que hoy es nuestra tierra.

 


Una característica de gran relevancia tiene un origen que se remonta a la Edad Media, durante el siglo VI. En los tiempos de la monarquía visigoda, cuando en el año 589 el Rey Recaredo abjura del arrianismo, para convertirse a la Iglesia Católica. En dicho momento, surge con fuerza la figura del Obispo de Sevilla, San Isidoro, autor de una de las doctrinas de mayor relevancia dentro de la cultura española, a tal punto que estará presente en parte importante de las relaciones entre el Soberano y sus súbditos durante los siglos del dominio español en América, y servirá a los criollos posteriormente como un contundente argumento para defender la idea de emancipación durante el proceso de Independencia chilena (más importante y efectivo que los textos de los revolucionarios e ilustrados franceses), momento en que el monarca habrá perdido la legitimidad de su autoridad3.

 

La doctrina del origen del poder de San Isidoro, establecía que el poder emana directamente de Dios, recayendo en el pueblo. El pueblo, podía elegir libremente al gobernante que habría de detentar el poder, y cuya autoridad debía ser obedecida y respetada en la medida en que dicho poder que se le ha concedido, tiene un origen divino. Esta concepción hispánica de derecho natural, reconocía la existencia de una ley universal que abordaba todas las relaciones humanas y no admitía diferenciación entre política y religión. De esta manera, predominaba una visión cristiana sobre la plenitud de la vida de los hombres, lo cual se verificará más tarde durante la vida colonial chilena.

 

Para San Isidoro, gobernante y gobernados se debían un mutuo respeto y consideración, puesto que el gobernante, receptor del poder emanado por Dios, no solamente era depositario de la autoridad para imperar sobre el pueblo, también sobre éste recaía el deber de actuar conforme a la Ley Divina, es decir, procurando no transformarse en tirano. De ocurrir esto último, el pueblo tenía pleno derecho para resistir los mandatos de aquel rey no respetuoso de la ley de Dios y así, darse un nuevo gobernante que sí acatase las normas del derecho natural hispánico concernientes al buen gobernar. Así, la tradición hispánica medieval consagra un notable respeto por la dignidad humana y el trato leal por parte del monarca hacía sus súbditos. Sin embargo, esto no era gratuito, ya que para que el pueblo fuese reconocido en sus derechos era necesario que también éste observase una conducta de obediencia frente al gobernante legítimamente instituido (derecho derivado de un deber cumplido), de otra forma, se abría la posibilidad de castigar al ciudadano no respetuoso del rey, y en último término, de Dios, por ser éste la fuente de origen del poder en cuestión.

 

 


Estatua de San Isidoro de Sevilla.

 

La visión religiosa de las relaciones gobernante-gobernado, propiciada por San Isidoro, perdurará en la cultura hispánica y no abandonará al español ni siquiera cuando éste parta al Nuevo Mundo, tome distancia de su cuna y de los centros físicos del poder, es más, demostrará de este modo la efectiva lealtad a los principios que en él se aferraron fruto de la tradición. Se trataba  de un garante de la institucionalidad, del civismo y del recto obrar del rey, que no se hallaba en documentos elaborados tardíamente o basados en realidades foráneas, sino que consistía en una experiencia de siglos, que había florecido de la esencia hispánica misma. Además, se convertía también en un respaldo efectivo del respeto por la dignidad de los ciudadanos, que emanaba del corazón mismo de las relaciones al interior de la nación, y no de algún consejo de hombres extranjeros con pretensiones de reglar una realidad de la cual no forman parte. De lo anterior, se deriva un rasgo de gran importancia: el deseo del español, y posteriormente de los chilenos, por gozar de respeto y libertades políticas concedidas por el gobernante, y además, la obediencia a la autoridad legítima. Por otro lado, la moral no se divorcia en ningún momento de la política ni de las relaciones sociales, sino que siempre se encuentra presente. Esta moral será, durante gran parte de nuestra historia y hasta el día de hoy, reconociendo la clara disminución de su hegemonía, de carácter cristiano.

 

El gobierno realmente representativo del pueblo y obediente de la ley divina, era al que aspiraba el pueblo español por medio de la doctrina de San Isidoro, con lo cual se cerraba la posibilidad de reconocer como legitimo al régimen que simplemente se limitara a cumplir formalidades materiales, sino que, independiente de éstas, lo que se volvía esencial era gobernar sin perder de vista el derecho natural, es decir, un conjunto de preceptos normativos que imperan sobre los hombres, cuyo origen es anterior a la existencia de estos y de cualquier creación humana, y el cual, en este caso, se reconoce en Dios. Así, los tres elementos constitutivos de la doctrina de San Isidoro: Dios, pueblo y rey, quedaban vinculados en un gobierno reconocido como legitimo en la medida en que el soberano fuese respetuoso tanto de la Ley Divina (Dios) como del pueblo y su dignidad.

 

La posterior irrupción de nuevas corrientes doctrinarias, cuyo avance en Chile se manifestó con mayor claridad durante y posterior a la Independencia, tenderá a sepultar en el olvido e incluso combatiendo conscientemente, las originales doctrinas hispánicas, y con ello, la identidad consolidada tras siglos de continuo dominio español. Era un rechazo, un distanciamiento de la “antigua alma colectiva y una búsqueda afanosa de la razón de vivir en fuentes exóticas”4. Así, durante el proceso de emancipación, se tuvo como inspiración muy fuerte al ejemplo de la primera colonia americana en independizarse: Estados Unidos, que en 1776 asume un régimen republicano federal y luego, además de su Declaración de Independencia, establece su Constitución de Filadelfia en 1787.

 

La fuerza que ganaban en Europa el parlamentarismo, jacobinismo y el constitucionalismo, no dejaron indiferente a las colonias españolas que vieron en dichas doctrinas, la forma de romper el yugo español que impedía a éstas alcanzar un mayor progreso económico e intelectual. Para la desgracia de aquellos criollos, que tan deslumbrados cayeron frente a una Ilustración que se alzaba tan promisoria, la llegada de dichas ideas, (que se caracterizaban por una exaltación a la razón humana y la irreligiosidad), no permitió en Chile, durante el proceso de emancipación ni en las décadas posteriores al mismo, el progreso que creían que brindarían. Esto era claro, la sociedad chilena decimonónica no se lograba adaptar a la idea de una democracia formal, a libertades políticas y sociales que no favorecían el desarrollo del pueblo y que solamente se prestaban como chivo expiatorio para el bandidaje y la corrupción. Al respecto, Osvaldo Lira afirma que “Los elementos dirigentes de las naciones hispanoamericanas se han llegado a descastar en gran parte por obra y gracia de una xenofilia que, en la fuerza de su exageración, ha desembocado en un xenofilismo absurdo… sobrevaloración sistemática, por parte de los hispanoamericanos, de los valores extranjeros respecto de todos nuestros valores raciales, habiéndose llegado en este sentido a extremos increíbles”5.

 

Efectivamente, mucho de los que hoy se cree como parte intima del ser chileno, no es más que un injerto tardío de ideas que en su contexto original permitieron un progreso cultural evidente, y que lograron tal éxito siempre que se encontraron en sintonía con aquello que, citando a Eyzaguirre, denominamos esencia o alma nacional. Este último, es el caso de la forma de gobierno actualmente conocida como “democracia”. Si con ella se intenta significar “sistema de gobierno en que las decisiones se toman de acuerdo a la regla de la mayoría, para lograr efectiva representación nacional”, puede decirse que formó parte de la identidad hispánica, posteriormente heredada a chile, un profundo espíritu democrático. Ahora bien, no suele reconocerse en la práctica del sistema que actualmente se entiende por “democracia”, la realización de la anterior breve definición, ya que, coaliciones estratégicas de partidos políticos, campañas electorales, polarización partidista (no necesariamente representando diversidad de alternativas políticas), acceso a cargos públicos privativo de los miembros de los partidos políticos y todo el conjunto de fraudes que implica permitir la conducción de una nación a un bloque reducido de individuos con intereses particulares imperantes, niegan de manera terminante y vuelven irrisorio el cumplimiento de la efectiva representación nacional.

 

Es el mismo caso del constitucionalismo en Chile y en gran parte de Hispanoamérica. La pretensión de dar vida a la “República ideal” de los constitucionalistas, inspirada en los ideales parlamentarios e ilustrados, como ocurrió desde el inicio de la emancipación chilena con una serie de ensayos constitucionales de breve duración, y la ineficiencia de los preceptos que contenían para reglar una realidad que distaba mucho de aquella que consideraban sus autores al momento de dictarlas, demostró que la traición a nuestras instituciones generaría una pugna constante con los principios que se pretendía hacer prevalecer por sobre la esencia nacional. En definitiva, el período que se comprende a partir del 18 de Septiembre de 1810 con la primera Junta Nacional de Gobierno, hasta el 17 de Abril de 1830, en que tiene lugar la victoria del bando conservador en la batalla de Lircay, constituye un vagabundear entre diversos experimentos liberales constitucionalistas, federales y parlamentarios, que evidenciaron la ruina e ineptitud de dichos regímenes por permitir el desarrollo de una nación recién emancipada. Dicho período de vaivenes políticos llega a su fin con la instauración de un Estado en Chile, el cual se reconoce como República Conservadora, y cuyo autor principal fue el Ministro Don Diego Portales Palazuelos. A diferencia de los anteriores intentos fallidos por instalar una República en Chile, en los cuales se procedió a dictar constituciones y leyes esperando que la sociedad chilena se amoldase a las nuevas exigencias e instituciones, se procuró dilatar hasta cuando fuese necesario, el momento de dictar una carta fundamental que diera legitimidad “legal” al nuevo régimen establecido. Portales procuró consagrar la paz interior y asegurar el funcionamiento de las instituciones existentes en Chile6, para que recién tres años después, el 25 de Mayo de 1833 se dictara una nueva Constitución, no aspirando al gobierno de las teorías, si no que consagrando legalmente aquél que ya estaba establecido y en pleno funcionamiento. Lo que hizo, en definitiva, fue redescubrir la esencia hispánica intencionalmente olvidada por los criollos inexpertos que arrojaron al país a una situación de caos continuo, y cuando esto se logró, como consecuencia lógica, el ORDEN volvió a Chile y el progreso se abrió paso constante durante los años en que se mantuvo el apego a la nueva República Portaliana. Por lo tanto, no es de extrañarse que la única República que haya logrado efectivamente conservar y desarrollarse, ha sido en Chile aquella que se basó en la tradición hispánica, en la Colonia chilena.  

 

 


Ministro Don Diego Portales Palazuelos.

 

En relación con los hechos anteriormente mencionados, se puede añadir que, Bernardino Bravo Lira, sostiene que en Hispanoamérica, es la oralidad, como consecuencia de la cultura barroca que en ella predomina, y no la escrituración, el medio de expresión de las instituciones y constituciones, que más fiel es al ser propio de estas naciones, y así, afirma que “el constitucionalismo está animado por el revisionismo crítico de la Ilustración, empeñada en rehacer el mundo según los dictados de la razón humana.
A la ambición de los ilustrados de rehacer el mundo, conforme a los dictados de la razón humana, opusieron los hispánicos de uno y otro lado del Atlántico, exigencias que el constitucionalismo no podía satisfacer7”.

 

 

FACTOR MILITAR

 

Batalla de Rancagua

(1 y 2 de Octubre de 1814)

Batalla de Huamachuco

(10 de Julio de 1883)

 

                     

Otro factor que influyó notablemente en el desarrollo de una identidad y de la constitución de un carácter chileno específico, fue la temprana y sostenida secuencia de guerras que la nación tuvo que enfrentar desde sus inicios hasta finales del siglo XIX.
Las características geográficas de nuestra patria, que hace dificultoso el desplazamiento y asentamiento hoy, y que tuvo mayor intensidad en los años de la Conquista, fueron generando en la mentalidad colectiva de los aventureros hispánicos, que el fácil y rápido enriquecimiento, no era un de los privilegios que esta tierra les podía entregar, es por eso que los espíritus de la desidia, los hombres de vida holgazana, no llegaron del Viejo Mundo en los años cruciales de la Conquista, y tardaron en aparecer entre nosotros.

Efectivamente, la lucha constante contra los aborígenes, obligó a los españoles a mantenerse en armas para defender lo que con esfuerzo se ganaban, y así, cada progreso en la Conquista, y posteriormente en la Colonia, era precedido de mucho esfuerzo. De esta manera, los chilenos asimilaron la idea de que el bienestar exige costos altos, y que no siempre habrán facilidades por parte de los demás para hacerlo gratuito.

Las guerras externas, que Chile además siempre logró vencer, dieron al Ejercito cada vez mayor relevancia, puesto que su exitosa labor consistía en algo tan vital como defender el régimen establecido, la institucionalidad y obviamente, al pueblo mismo. En síntesis, el Ejército se volvió defensor de los elementos que conforman la identidad nacional, y en gran medida, se transformó en una institución en la que rasgos identitarios nacionales de gran importancia se gestarían.

Al mirar al pasado, e identificar que todas nuestras guerras externas resultaron victoriosas, se logra captar la natural vocación militar de nuestro pueblo. La guerra de Arauco habría contribuido a la formación de la identidad chilena, en la medida en que exigió de los hispánicos, y futuros chilenos, virtudes de resistencia, valentía y sobriedad, para lograr avanzar sobre los adversarios indígenas. Posteriormente, con la instalación de un Ejército profesional que permitiera al pueblo cesar de asumir por la mano propia las armas para defender sus dominios, y también el adiestramiento y apertrechamiento de personas dedicadas exclusivamente a la protección de la nación, que tiene lugar en 1604 por obra del gobernador Alonso de Ribera, existirá una institución específica que será continente de valores de disciplina, valentía, y patriotismo, así como conservador de los mismos mediante su inculcación a sus futuros integrantes. Además, durante los años posteriores, permitirá ir descubriendo progresivamente, conforme se obtenían las victorias militares, un talento marcial extendido ampliamente en la población chilena, fruto de las características compartidas entre los chilenos desde entonces.

 

 


Gobernador de Chile
Alonso de Ribera y Zambrano

 

Gracias a las victorias en la guerra de Arauco, Guerra contra la confederación Perú-Boliviana y la Guerra del Pacífico, los chilenos se irán volviendo más conscientes sus rasgos distintivos, y así se dio el destaque de nuestra identidad, en determinados momentos, por sobre aquellas contra las que nos enfrentamos. Esto último no sucede en el caso de las guerras civiles que Chile sufre durante su existencia, entre ellas las que se dieron en las batallas de Ochagavía y Lircay en 1829 y 1830, como fruto del enfrentamiento entre pelucones y pipiolos, y la guerra civil de 1891, cuyas batallas de Concón y Placilla, tuvieron como actores a los chilenos partidarios del Presidente Balmaceda y a los que amparaban a los partidos políticos de esa época; sin embargo, sí permite el ejercicio de las virtudes militares y una demostración –con el costo de un desangramiento interno- de las mismas.

 

Soldados de la Batalla de la Concepción

 (9 y 10 de Julio de 1882)

   Desfile de Comandos Chilenos

             

Jorge Larraín, exponiendo el aporte de Ricardo Krebs, dice que Chile fue una “tierra de guerra” prácticamente desde la conquista hasta fines del siglo XIX8. La guerra de Arauco nunca cesó totalmente en los tres siglos de la Colonia y a esto siguió un siglo XIX en el que cada generación de chilenos vivió una guerra, comenzando por la guerra de independencia y siguiendo por la campaña militar para liberar a Perú, la guerra contra la confederación Perú-boliviana, la guerra contra España, la guerra del pacífico, la pacificación de la Araucanía y la guerra civil de 1891. Recién en el siglo XX viene a desaparecer la guerra como experiencia histórica fundamental que cada generación de chilenos tuvo que vivir. Krebs concluye así que aunque antes del siglo XX lo bélico es constitutivo de la identidad profunda de los chilenos, la autoimagen de Chile como país guerrero comienza a debilitarse en el siglo XX9.
Con todo Krebs mantiene que “la guerra ha constituido…un fenómeno fundamental en la historia nacional y hay amplio consenso entre los historiadores de que ella ha marcado profundamente el ser nacional10. Sin embargo, otros pueblos también han sufrido períodos largos de guerra y tienen una identidad diferente a la chilena. Lo importante es determinar cómo los chilenos respondieron al desafío de la guerra. Según Krebs, la peculiaridad de la identidad chilena al respecto, es que “más que a los triunfadores, recuerde a los héroes trágicos, más que las victorias, los desastres. De allí la importancia del desastre de Rancagua, del Combate Naval de Iquique, de la batalla de la Concepción, que fueron todas derrotas en que los chilenos mueren heroicamente. No se rinde culto al uso de la fuerza, sino que se destaca el heroísmo trágico como virtud11.   

 

Almirante
Manuel Blanco Encalada
Capitán de Fragata
Arturo Prat Chacón
General
Manuel Baquedano González

                                                   

La gran relevancia de las Fuerzas Armadas en la conformación de nuestra identidad, y su progresivo debilitamiento con las actuales tendencias llamadas “modernas” o “democráticas”, significa también una gran merma a nuestra esencia. Bernardino Bravo expresa esta idea cuando sostiene que las instituciones históricas, es decir las consagradas por el tiempo y la tradición, son superiores a aquellas que son escritas, por ser estas últimas, meras derivaciones de la razón humana y no emanadas de la realidad cultural nacional. Así sostiene que “Las Fuerzas Armadas se convierten de hecho y de derecho, en defensoras de la constitución histórica que, por estar plasmada en instituciones vivas, y no en un texto, como la escrita, no se halla a merced de los partidos y de los políticos de partido, que pueden modificarla y aplicarla a su amaño.
Por su naturaleza, esa misión de las Fuerzas Armadas es anterior y superior a la legalidad12”.

 

 

         
         

  

CONCLUSIÓN:


Con este documento, no hemos procurado definir exhaustivamente una a una las características que nos representan y diferencian del resto de las naciones, sino que describir, por lo menos de manera resumida, algunas de las fuentes más importantes de nuestra identidad. Podría criticarse diciendo que las identidades conformadas por el aporte hispánico y tradición militar ya no se nos hacen presentes, y que no serían más que parte de un pasado lejano y actualmente caducado. Sin embargo, es necesario atender la situación actual, en la que se ha abierto el paso a un sin fin de culturas y razas para que se asienten en nuestras tierras EN DESMEDRO DE NUESTRO PATRIMONIO IDENTITARIO ORIGINAL.
Aludir a los siglos pasados, desde que se inicia nuestra historia, parece ser adecuado para identificar lo que realmente somos, es decir, aquel momento en que Chile se valió de sus propias fuerzas y encontró la salida a sus problemas sirviéndose de las virtudes que una unión entre su voluntad y el legado de los ancestros, permitieron poner en acción.
Actualmente, Chile es blanco de continuas influencias foráneas que son recibidas con optimismo por los actuales gobiernos, pretendiendo obtener los mismos resultados favorables que en sus contextos originales brindaron. Así también la pretensión de hallarse a tono con las tendencias políticas, económicas, artísticas, etc., que se han entronado como significantes de desarrollo y evolución. Convencionalismos que homogeneizan continentes completos a fin de ver reflejado el capricho de la pretendida igualdad entre los hombres y el culto al formalismo que ha desatendido la esencia de las ideas que deben orientar a los pueblos, terminará por destruir a la idea misma, y posteriormente, a las naciones forzadas a seguirlas.

Es algo claro que las identidades de los pueblos experimentan cambios de acuerdo a los nuevos desafíos que se presentan, y no se debe intentar imponer un encadenamiento a formas pretéritas de identidad por una aversión al cambio o a lo nuevo. Las trasformaciones de identidad se presentan paulatinas en los siglos y relacionadas siempre con la esencia primigenia de la nación como fue en su inicio, jamás como consecuencia de sucesiones de gobiernos. Cuando así ocurre, y un partido o coalición de éstos que se hace del gobierno, intenta torcer el ser de una nación, para que ésta se asemeje a los conceptos preconcebidos que ciertas ideologías antinaturales ofrecen sobre lo que debe ser una nación, solamente se logra aparentar, y con una copia mediocre, una realidad ajena. Esto trae como consecuencia el olvido de lo que realmente se es, y una vida de frustraciones por no poder alcanzar el “paradigma de cultura, economía o gobierno” que ciertos señores acuerdan como los superiores, y válidos para todas las naciones.

 

 

Sección Doctrina
Frente Orden Nacional.


1 Con este evento nos referimos al Descubrimiento de Chile, período histórico que abarca desde la expedición de Diego de Almagro en 1535, y que concluye con la llegada de Pedro de Valdivia en 1541.

2 Jaime Eyzaguirre, Hispanoamérica del Dolor.

3 Jaime Eyzaguirre Ideario y ruta de la emancipación chilena.

4 Jaime Eyzaguirre, Hispanoamérica del Dolor.

5 Osvaldo Lira Hispanidad y mestizaje.

6 Bernardino Bravo, artículo Diego Portales, ese terrible hombre de los hechos.

7 Bernardino Bravo El Estado de derecho en la historia de Chile.

8 Jorge Larraín Identidad Chilena.

9 Ibíd.

10 Ibíd

11 Ibíd

12 Bernardino Bravo El Estado de derecho en la historia de Chile.

 

 

 


 

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